Hace unos días me quedé pensando en qué es realmente la creatividad. Porque hablamos mucho de ser creativos, de buscar nuestra creatividad, de hacer cosas creativas, pero cuando alguien dice “yo no soy creativo” ¿qué quiere decir realmente?
Muchas veces pensamos que ser creativo es saber dibujar, pintar, escribir, hacer manualidades, tener buenas ideas o ser de esas personas que llegan a una reunión y se les ocurre una solución que a nadie más se le había ocurrido. Y si no sabes hacer ninguna de esas cosas, entonces probablemente piensas que no eres creativo.
Pero después pienso en los niños y me cuesta mucho creer que existan personas que “no son creativas”. Porque cuando somos chicos, la creatividad aparece por todas partes y ni siquiera le ponemos ese nombre. Una caja puede ser una casa, una sábana puede ser una carpa, una rama puede ser una espada, un papel puede ser un dibujo, un mapa, una carta, un boleto para entrar a algún lugar o cualquier cosa que se nos ocurra en ese momento. Y nadie nos explica cómo hacerlo, simplemente lo hacemos.
Yo me acuerdo de pasar mucho tiempo inventando cosas cuando era chica, escribía historias en mi agenda, dibujaba, recortaba cosas, llenaba todo de stickers, hacía cosas que probablemente no tenían ningún sentido y después seguía con otra cosa. Y creo que lo interesante es que nunca me preocupé por si lo estaba haciendo bien. No existía el “esto no me quedó bonito”, el “yo no sé dibujar”, el “qué vergüenza mostrar esto”. Mucho menos existía Pinterest para comparar mi dibujo con el de alguien que llevaba diez años dibujando.
Y en algún momento crecemos y empezamos a mirar las cosas de otra manera.
Antes hacíamos un dibujo y listo. Ahora quizás pensamos que para dibujar necesitamos comprar un cuaderno bonito, lápices especiales, aprender una técnica y ver veinte tutoriales antes de empezar. Queremos hacerlo bien antes de siquiera probar, y creo que ahí empieza a pasar algo con la creatividad... No es que la perdamos, simplemente empezamos a ponerle más reglas: Tiene que quedar bonito, tiene que servir, tiene que ser útil, tengo que saber hacerlo, tengo que terminarlo... Y si además lo vamos a subir a Instagram, tiene que verse bonito para que alguien le ponga un corazón.
Quizás por eso me gusta tanto volver a hacer cosas que hacía cuando era chica. Recortar papel sin saber qué voy a hacer con él, pegar stickers en una libreta, hacer un collage que probablemente nadie más va a ver, dibujar algo horrible, guardar un papelito porque me gustó el color, escribir una frase porque se me ocurrió y no porque tenga que convertirse en un poema. Son cosas muy pequeñas, pero hay algo en hacerlas que se siente parecido a cuando éramos chicas.
Y quizás eso es parte de lo que me interesa de la creatividad. No necesariamente hacer cosas bonitas, ni siquiera hacer cosas nuevas, sino volver a mirar las cosas con un poquito más de curiosidad.
Porque un papel puede ser un papel, pero también puede ser un fondo para un collage. Una caja puede ser basura, pero también puede convertirse en una casa. Una libreta puede ser una libreta, o puede ser el lugar donde empiezas a pegar todas esas cosas que llevas meses guardando. Y creo que cuando somos chicos tenemos mucho más presente esa posibilidad de que las cosas sean otra cosa. Después crecemos y empezamos a comprar todo listo.
Y no digo que esté mal. A mí también me encanta comprar cosas bonitas.
Pero hay algo muy entretenido en hacerlas tú. En probar, en equivocarte, en descubrir que quizás ese papel que guardaste durante seis meses sí servía para algo. Y quizás por eso creo que es importante volver a crear, aunque no sepamos muy bien para qué.
No para convertirlo en un nuevo proyecto, no para tener un hobby productivo, no para empezar a vender nuestras manualidades. Simplemente porque sí.
Porque quizás necesitamos un poquito más de esos momentos en los que podemos hacer algo sin que tenga que servir para nada. Como cuando éramos chicas.
Y quizás la creatividad nunca se fue. Quizás solo dejamos de darle espacio.
